Lo lamentamos.
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Gracias.
No sé si será sugestión, o realmente Dios me ha mirado. Pero tras este episodio me siento mucho más fuerte. Como si me hubiera devuelto parte de las fuerzas que perdí desde que me operaron. Siento incluso que la intensidad del dolor ha decrecido considerablemente.
Viene el fisioterapeuta con la energía y vitalidad que le caracteriza y me pone los electrodos por la espalda y más abajo. Le digo que aumente la intensidad, que yo aguanto. La verdad es que cuanto más fuertes son las descargas más relajada me quedo luego. Sigue subiendo la intensidad y se asombra porque no me quejo. Me dice que me ha puesto el doble de lo que suele poner, que es hasta donde los pacientes toleran. Le digo "I'm a brave woman".
Cuando llega el momento de cesar las descargar porque la sesión ha finalizado, me quejo. Quiero más descargas. El fisio vuelve a poner cara de asombro. Pero es que mientras estoy sintiendo esas vibraciones de gran intensidad en los músculos que tanto molestan, me olvido del dolor.
Pero la proeza del día ha llegado un poco más tarde. Después de la cena, que tampoco ha sido precisamente abundante, ha venido el enfermero más guapo de la planta con un precioso andador. Me he puesto mi pierna derecha y a dar saltitos. Ha sido maravilloso. Un paseo estupendo por los pasillos practicando inglés con el enfermero. Mis enfermeras han salido de la salita para verme y me han dedicado sinceras sonrisas. Una se ha acercado a mi: no sabía que eras tan alta. Sólo me había visto en posición horizontal.
Al volver a la habitación debía traer otra cara. Esta vez más parecida a la mía, porque mi madre ha sonreído como hacía días que no lo hacía. Estaba tan contenta que cuando me he sentado de nuevo en la silla de ruedas, la ha empujado por todo los pasillos, el ascensor, hasta las puertas del hospital. Hemos dado otro largo paseo por la bonita entrada del Sahlgrenska. Hemos visto los bellos jardines que rodean el edificio. Hemos hablado. Hemos reído. La ilusión vuelve a posarse en nosotras. Creo que al dolor le quedan los días contados.
Parece que el día, a pesar de haber empezado fatal, acaba bien, por primera vez en mucho tiempo. Ojala este sea el principio de una verdadera y completa recuperación. Ojala el pastor Nelson, no se equivoque.
14 de junio: De nuevo me encontraba tan bien anoche que olvidé pedir a la enfermera un calmante y han vuelto a despertarme los dolores a las 5 de la mañana. Esta vez me han inyectado una sustancia mucho menos potente. Tengo que ir habituándome al dolor. Un dolor que ahora, afortunadamente, no se asemeja en absoluto a aquellos espantosos dolores que no me dejaban ni respirar días atrás. He conseguido dormir un poquito más.
Ha venido Anders, mi encantador, sonriente y bromista fisioterapeuta. Sé que le echaré de menos porque, desde la primera vez que vino a visitarme para explicarme cómo tenía que respirar para que mis pulmones siguieran funcionando a pleno rendimiento pese a estar tumbada, ha habido muy buen entendimiento entre los dos.
Me ha vuelto a poner esos maravillosos TENS en mi glúteo izquierdo. Consiguen relajar la zona y ahuyentan el dolor de forma casi mágica. Mientras me aumentaba la intensidad de los electrodos, aún sorprendido de que aguante tanta descarga eléctrica junta, le he estado enseñando algunas palabras en español. Ya que, como buen sueco, quiere veranear con su familia en España.
Por segunda vez en 16 días me he puesto en pie, gracias a mi prótesis derecha y el estupendo andador que tienen en la planta. He recorrido la planta varias veces. Ya no me canso. Otro día que merece ser celebrado.
15 de junio: ¡Que nos vamos para España! El médico ha venido a cambiarme el vendaje a primera hora de la mañana. La herida está completamente seca? ¡podemos volver a casa! La alegría es tal que el médico sonríe. Es un dato relevante ya que es la primera vez que le veo haciéndolo.
Anders vuelve con su maravilloso aparatito de TENS y, como sabemos que es el último día, no le dejamos ir sin apuntarnos el nombre del aparato en cuestión. En cuanto llegue a Madrid me lo compro. Es milagroso. Sirve para quitar todo tipo de dolores musculares.
Otra sesión más de risas, bromas, y lecciones de español.
De nuevo me pongo en pie y decido salir a dar paseos. Ahora ya sí que estamos preparadas para irnos. La coordinadora de la planta nos ha encontrado un vuelo a las 12.15 con escala en Bruselas. No se imagina cuánto se lo agradezco. Vamos a hacer las maletas que nos esperan muchos amigos y familiares en Madrid. Volvemos a casa.
16 de junio: Me levanto con una alegría que ya había olvidado. Una energía que ya casi desconocía me impulsa a incorporarme con rapidez y agilidad. Me siento en la silla de un salto y voy directa al baño para salir al cabo de largos minutos cuidadosamente peinada y, por primera vez en 18 días, con los ojos discretamente maquillados y los labios brillando suavemente. También he decidido marcar mis pómulos y dar así un nuevo aspecto a mi cara que nada tiene que ver con la de días atrás. Me consta que el cambio no le pasa desapercibido a nadie porque hasta la chica que todos los días limpia la habitación me dice: pareces una actriz de cine.
Viene el médico para recordarme por última vez la pauta de todos los medicamentos que tengo que seguir tomando durante dos semanas más. Sé que también se alegra del cambio que mi cuerpo y, sobre todo mi mente, ha dado. Un cambio que, inevitablemente, se refleja por fuera. Viene también Anders, para despedirse, no sin antes ponerme un último ratito esos milagrosos TENS donde nace mi nervio ciático. Casi terminando llega Peter, el chico que nos llevará al aeropuerto en ambulancia. Nos ayuda a facturar e incluso espera a nuestra hora de embarque. Mucha caballerosidad. Le hemos caído bien.
La anécdota del día la vivo en Bruselas. Donde una pequeña escala nos permite conocer a muchos españoles dispuestos a subirse en el mismo avión rumbo Madrid. Como un conocido periódico de tirada nacional, publicó gran reportaje acerca de mi operación, ya que apenas se conoce en España, (soy la séptima de mi país), parece que todo el mundo se ha enterado de mi estado porque no dejé de escuchar al desembarcar de aquel último vuelo: "que te recuperes pronto", "estamos contigo", "adelante valiente"? así fue la llegada a Madrid, yo, cual azafata, esperando mi silla de ruedas, escuchando estas frases de todos los que iban abandonando el avión. Y yo: "muy bien, muchas gracias", "gracias, muy bien"? Pasó lo peor, estamos en España y la gente me quiere. No pido más.
Casi tres meses de duros ejercicios con mi "amado" tornillo, hacen que mi cuerpo se encuentre completamente en forma para ir "a la pata coja" a todas partes. Ya sabía yo que el hecho de estar tantos días sin una de mis prótesis, no significaría, precisamente, reposo casero. Dos muletas y unos brazos fuertes hacen el trabajo de la pierna "en construcción".
Y en casa, todas las mañanas, las dedico al fortalecimiento de ese pedacito que creí minúsculo el día que destaparon la herida y que, poco a poco, responde adecuadamente a mis demandas. Era cierto lo que decían los médicos. Apenas 13 centímetros de fémur son suficientes para levantar un gran peso, si lo ejercito a diario.
La clave está en ir incrementando paulatinamente el peso que envuelve una especie de prótesis corta. Realizo tres series de veinte repeticiones llevando el peso hacia todas las direcciones. Cada vez me siento más capaz y más llena de energía para comenzar mi nueva andadura.
¡Imposible olvidar la fecha en que me colocaron la nueva pierna! nunca olvidaré aquel glorioso 28 de agosto de 2006 cuando volví a sentir la pierna izquierda como realmente mía, ya no era algo artificial colocado para ayudarme a caminar si no que era MI PIERNA!! la podía dirigir donde quería y mover naturalmente y con la mitad de esfuerzo. En mi móvil tengo puesta la nota ese día: amazing walking y el 29 de agosto: everything's gonna be all right! Porque las cosas, si se refuerzan positivamente, son aún más positivas.
Con ese espíritu, y la energía suficiente para no dejar pasar un día sin hacer la rehabilitación dictada, he conseguido una marcha muy parecida a la que tendría si tuviera mis dos piernas. El éxito se lo debo, indiscutiblemente, a la oseointegración, pero también al entrenamiento. Gracias al esfuerzo por evitar que la pereza rompiera en mil pedazos la tabla de ejercicios, hoy puedo andar erguida y sin cansarme durante horas. Y todo gracias a que, quise pasar a ser una "oseointegrada" más. Como decía en el hospital: tanto dolor tiene que traer una grandísima recompensa?. Y así ha sido.