El día que conocí a Lucía

Al llegar a la quinta planta del hotel en el que se hospeda Lucía, mi corazón empieza a latir con fuerza. Me ocurre cuando voy a ver a personas que han pasado por lo que yo pasé cuando tenía doce años. Pero como a mí lo que más me ayudó fue ver que otras personas amputadas podían caminar y llevar una vida normal, no me lo pienso dos veces cuando me entero de algún caso similar. Lo que más me sorprendió cuando estaba aún hospitalizada, fue que una de las personas que fue a verme, ¡había ido en metro! Aquello se me quedó grabado como estoy segura de que a Lucía no se le olvidará que fuera sola, conduciendo y caminando con plena autonomía. Ahora sabe que algún día ella también lo hará.

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Eso es lo más importante: saber que se puede. Cuando se trata de personas que, principalmente a causa de accidentes de tráfico, nunca podrán volver a caminar, hay también mucha esperanza que ofrecer. Yo les hablo de deporte adaptado y les pongo el ejemplo de mis compañeras del primer equipo en el mundo de competición de esquí alpino adaptado de la Fundación También, que tampoco caminan y son independientes, felices y además, campeonas a nivel internacional. Pero el caso de Lucía llamó particularmente mi atención.

Estaba deseando conocerla porque las personas que he conocido con amputaciones cuádruples son muy especiales. El primero que conocí fue el nadador paralímpico que tantos éxitos lleva cosechados: Xavi Torres. Su amputación es congénita y fue uno de los primeros en darme tal calurosa bienvenida a mi recién estrenada vida como amputada, que parecía que empezaba una experiencia apasionante. La verdad es que no se equivocaba. Después, haciendo deporte conocí a Edu, a quien a los dieciséis años una meningitis le privó de sus cuatro miembros y hoy ¡hasta esquía! En Corral de Almaguer hay un precioso niño, de asombrosa inteligencia, Adrián, a quien tuvieron que amputarle las cuatro extremidades por una sepsis meningocócica cuando tenía solo dos. Gracias a su familia, en especial a su incansable tío Paco, a fundaciones y hasta la misma Infanta Elena, ha conseguido volver a andar y ayudado por sus manos mioeléctricas, está ganando cada día más independencia. Casos como este hay tres entre cien mil y la mitad no sobreviven. Le enseñé su foto a Lucía para que admirase su sonrisa y el brillo de sus ojos. “Tú también tienes esa fuerza y vas a lograr lo que te propongas”, le digo. Puedo ver la esperanza reflejada en su rostro.

Lucía es una mujer morena de ojos penetrantes, con mucha energía y mucho carácter. Eso le ha favorecido en su vuelta a la vida, tras los cuarenta y cinco días que pasó en una UCI debatiéndose luchando por seguir viva, y los otros treinta en la habitación 301 del Hospital Universitario de Albacete. Fue el tiempo que necesitó para recuperarse de las heridas que habían ocasionado sus amputaciones.

El día que cumplía veinticinco años, doce de noviembre de 2007, Lucía Fernández acudió al hospital con una fiebre altísima y la piel amoratada. Sus hijos pasaron a estar al cuidado de la Junta y el resto de su familia se reunía cada día en los pasillos del hospital esperando una buena noticia acerca de la salud de Lucía. Le practicaron una histerectomía pero la infección no mejoraba y el veinte de diciembre de ese mismo año le tuvieron que amputar las manos. Como los síntomas seguían sin remitir, el ocho de enero del siguiente año, le amputaron también las dos piernas por encima de la rodilla. “Me quería morir”. “No entendía porqué me habían mutilado así. Llegué con fiebre al hospital y salí de allí sin piernas y sin manos. Le pregunté a Dios si merecía yo esto…”, dice Lucía con una emoción que invade la habitación en la que nos encontramos. “Soy una carga… –continúa- Dependo de alguien que lleve de un sitio a otro. Me tienen que lavar, peinar, hacerme el aseo íntimo, cambiarme de ropa…”, reconoce angustiada. Le digo que poco a poco uno va encontrando los trucos hasta llegar a una independencia plena y que mirar hacia atrás no ayuda porque nadie le iba a devolver lo perdido. Le señalo por dónde son mis amputaciones. Se sorprende de que mi fémur izquierdo sea aún más corto y pueda caminar con soltura. Me dice que ella también ha usado prótesis pero que le provocan un gran dolor los encajes. Al principio es muy doloroso y sigue siendo muy incómodo durante demasiado tiempo, pero los muñones acaban acostumbrándose y el esfuerzo necesario para caminar va siendo cada vez menor. Lucía, con gesto cándido, me dice mirando hacia sus manos, que ella sola no puede colocarse las prótesis. A riesgo de romper el amigable y distendido clima que se ha creado entre ambas, le digo sosteniendo lo que ha quedado de su mano izquierda: “con esta mano sí puedes hacer muchas cosas, ¿verdad?, es una suerte que te hayan dejado este pequeño pulgar”. “¡Sí!, me ayuda a comer, a coger cosas…”- contesta de inmediato. ¡Qué grata respuesta y qué importante es valorar más lo que se tiene que lo que se ha perdido! Sin duda la pinza es lo estrictamente necesario. Ambas lo tenemos de sobra comprobado. Pero lo que más echa de menos es coser. Esa era una de sus grandes aficiones. La otra la puede seguir haciendo: escuchar flamenco, música relajante…

Me alegra cuando comenta que el que haya cambiado su cuerpo no ha condicionado su alma. “Mi corazón está intacto” dice con una amplia y sincera sonrisa. Le pregunto si alguien en especial ha colaborado en descubrir algo tan cierto y tan maravilloso. “Voy al psicólogo una vez por semana. Me pregunta, hablamos, luego me hace un test para comprobar mi estado psíquico. Eso me está ayudando a recuperar la autoestima, a quererme y a asumir que ya nunca más volveré a ser la misma…” me explica.

Ahora que ha pasado un tiempo, se ha acostumbrado a su nuevo cuerpo y hasta anima a quienes la rodean. A su madre aún le cuesta verla así, pero la entusiasta Lucía se encarga de quitar dramatismo y poner alegría allí donde alguien de su entorno se viene abajo. “Cuando a mi madre le invade la tristeza por verme de esta manera, yo le canto y bailo en la silla de ruedas”, me dice. También asegura que ha perdido muchos amigos porque “no quieren ir por la calle con alguien a quien todos miran”. Pero a ella no le importa que la miren, sabe que es inevitable, siempre que lo hagan con respeto. Lucía tiene una energía arrolladora que transmite involuntariamente a través de sus gestos y, sobre todo, de sus ojos. Dice que la principal lección aprendida desde que tuvieron que practicarle las severas amputaciones, es la de ser paciente. Se queja de haber perdido su intimidad, algo que considera sagrado para la mujer, pero reconoce que todas esas nuevas e incómodas situaciones que se ha visto obligada a vivir, le han dado una paciencia que no creyó que podía tener. Ha aprendido a pensar más las cosas. La impulsividad que le caracterizaba, debida también en parte a su joven edad, está dando paso a la templanza. Además ahora se ve con más fuerzas que nunca. Más incluso que antes del pulso a su extraña afección. “Lo que no mata, te hace más fuerte” decimos casi al unísono.

Por eso ha llegado el momento de emplear parte de esas energías en luchar por lo que más quiere: sus hijos. Lo que realmente le importa a Lucía es recuperar a sus cuatro hijos. “¡Cuánto hecho en falta, Dios mío, mis manos para poder acariciar a mis hijos! A ellos ya no les importa esa falta. Reciben igual mis caricias y yo, mal que bien, los siento. Cuando los toco, a veces cierro los ojos y así puedo sentirlos más…”. Sus hijos son su principal estímulo, y aunque reconoce que aún hay noches en las que vuelven a su cabeza imágenes de aquella UCI, el despertar en la habitación del hospital y verse sin manos, luego sin piernas… está dispuesta a luchar. Por ellos. “Muchos días me despierto y no tengo fuerzas ni para respirar -confiesa-. No le encuentro sentido a la vida. Sólo la idea de mis hijos es capaz de sacarme del infierno interior”. El primer encuentro con ellos, tras salir del hospital, fue estremecedor. “Los dos mayores evitaron mirarme. Sólo me dijeron, ‘hola, mama’, como si no hubiera pasado nada. No querían ver lo que había quedado de su madre”- me cuenta Lucía serena, pero su rostro se vuelve puro lamento cuando rememora la reacción de Antonio, el pequeño que entonces tenía cinco años. “Me dijo nada más verme: ‘mama, ¿dónde están tus piernas?”. Revivir aquel instante hace que Lucía de pronto enmudezca. Respira hondo. Me mira directamente a los ojos, como si buscara empatía y apoyo. “Es algo normal”, le digo. Y le cuento algunas de las experiencias que he tenido con niños espontáneos que lo preguntan todo, para que recupere el empuje y el sentido del humor que a esta valiente mujer le sobran. “Sí –me dice- pero que tu hijo te diga ‘Mami, por qué las madres de mis amigos tienen piernas y tú no?” es muy duro”. Yo a los míos, cuando los tenga, pienso decirles que, simplemente, soy diferente

Además de volver a estar con los suyos, Lucía ha empezado su particular cruzada para averiguar por qué la historia clínica de sus amputaciones no aparece mientras sí tiene a su disposición la de otro problema de salud que tuvo en 1988 cuando tenía cinco años, en el mismo hospital. “Nunca he pensado que lo han hecho a posta. Sería demasiado bárbaro destrozar así a alguien”- reconoce Lucía. “No guardo rencor, no siento odio. Si por salvarme la vida tuvieron que mutilarme de esta manera, si actuaron correctamente, como ellos dicen, que los médicos lo demuestren. Pero no lo han hecho. ¿Qué esconden?, me pregunto todos los días, a todas horas. Si se han equivocado, que lo paguen…” asegura con firmeza. Siempre he defendido la labor de los médicos a quienes considero ángeles capaces de obrar milagros de vida y reconstrucción. Se enfrentan a duros casos, toman decisiones en momentos límite, lidian con enfermedades letales, con accidentes que dejan secuelas inverosímiles… y muchas veces nos devuelven la oportunidad de volver a la vida. Pero si en este caso existiera mala praxis, tiene que hacerse justicia. En Orlando, a una mujer que a los doce días de dar a luz le practicaron una cuádruple amputación, el hospital le dijo que si quería saber lo que pasó, tendría que demandarles. Pero Lucía sólo desea recuperar su autonomía y poder hacer todo lo que ahora ve prohibido o inalcanzable al lado de sus amados hijos. Y la medicina, la tecnología, los procedimientos progresan movidos por el motor de conseguir el bien de las personas. “Quisiera que me hicieran un trasplante, las manos y las piernas de otra personas que ya no las necesite”- me dice esperanzada. No quiero desilusionarla pero le digo que se lo piense bien, que yo una vez quise implantarme los dedos necesarios para completar mis manos y la condición farmacológica era tan rigurosa y duradera que no me compensaba. Antes de irme le dejo mi primer libro firmado. Dice que a ella le encantaría escribir uno y estudiar también Psicología. Me maravilla el paralelismo y apuesto a que si persevera, su optimismo le llevará a lograrlo. “La vida ha sido mi maestra -declara-. De ella he aprendido, desde que era pequeña, a saber del alma de la gente. Me ha enseñado a reconocer sus puntos débiles, sus miedos, sus virtudes y penumbras, lo que puede dar de sí una persona”. Ya en el pasillo Lucía, segura de sí misma pero ávida de progreso, me pide consejo. “Perdona, sé feliz y nunca te rindas”.

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23 Responses to “El día que conocí a Lucía”

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