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Hay momentos en la vida, en que las cosas no son como uno quiere o que ciertas barreras, nos impiden avanzar. Pero existen pensamientos y actitudes que nos ayudan a salir a flote. En nuestra mano está reponernos de cualquier revés que la vida nos depare.
Creo que con voluntad, optimismo y esperanza, no hay nada que el ser humano se proponga y no consiga. Y no hay excusas para no sobreponerse. Yo por ejemplo, comprobé que, con dos piernas de mentira, también podía hacer deporte, andar sin muletas y hasta esquiar. Hasta conseguí terminar tres carreras universitarias y viajar por medio mundo.
Mi principal pilar fue una familia que me educó en el amor. Me puso en el camino de la felicidad y la lucha, no en el de la competición y la angustia. Creo que una educación orientada a colaborar, a convivir, a ofrecer lo mejor que hay en cada uno de nosotros, es la mejor base para no perder nunca la esperanza.
También el buen humor, la responsabilidad, la autoestima, el coraje, el respeto, la generosidad, la amabilidad… formaron parte importante de esa educación en afectos, imprescindible para desenvolverse en la vida bajo cualquier circunstancia. Y es que la felicidad no se basa en que las cosas te vayan de maravilla, si no que lo verdaderamente importante y provechoso, es saber transformar una realidad que duele en otra más útil. Hay que estar preparado para todo para que cualquier revés no suponga el fin.
Lo que más deseo es que todo el mundo sepa que, como yo, todos podemos transformar lo que podría ser una vida triste o amarga, en una vida llena de alegría y de felicidad, que no existe la desgracia si lo sabes afrontar con ánimo, y que la solución no está en el exterior, ni en lo material, ni en otras personas, sino que la solución está en cada uno de nosotros.