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Y.R.T./ ICAL | SALAMANCA
Rosemary Dillard, Jacob Kimchy, Alan Jara y Pam White son personas anónimas que comparten el mismo dolor desde diferentes puntos del mundo, porque han sufrido el terrorismo en primera persona.
En Salamanca ofrecen su testimonio con el objetivo de conseguir que esa experiencia no tenga que ser relatada por nadie más. Buscan la paz y lo hacen, como ellos mismos explican, desde el perdón porque sino confiesan que es imposible “continuar viviendo”.
El 11 de septiembre quedó marcado para siempre en la memoria de Rosemary Dillar y de Lee Ielpi, porque ambos perdieron allí a un ser querido. Dillar explica que su marido iba en el avión que chocó contra el Pentágono y además relata que cuando abandonó su trabajo en coche tuvo que pasar por allí y durante cuatro días vio como ardían los restos en los que el viajaba, siendo consciente de que su marido estaba “allí en ese infierno”, sin poder siquiera acercarse.
Lee Ielpi, como bombero retirado y experto en rescates, acudió tras escuchar una llamada de aviso a las torres gemelas, media hora después del atentado terrorista del 11-S en Nueva York, sin saber que el cuerpo de su hijo Jonathan, quien también trabajaba en el cuerpo de Bomberos, se encontraba allí tras intentar salvar las vidas de otras personas. Ielpi relata que tardó tres meses en recuperar los restos de su hijo y confiesa que “tuvo suerte” de llevar de vuelta a casa el cuerpo de Jonatan “como un cadáver completo”, porque recuerda que muchas personas no lo consiguieron. En su opinión, este atentado “no fue sólo un atentado contra América, sino contra el todo el mundo y se demostró lo que puede hacer el horror”.
En aquel momento, tomó una decisión que confiesa le resultó “muy difícil” y que fue la de “no odiar” y trabajar para “poner fin al terrorismo”. Aunque destaca que no sabe si se podrá conseguir, sí asegura que está convencido de que se podrá reducir. Ielpi señala que las víctimas sólo quieren “sonreír”, abrazar a sus hijos y encontrar “una vía para acabar con el odio.
Nueve años de secuestro
El terrorismo no entiende de fronteras, tal y como lo cuentan quienes lo han vivido de cerca. Este es el caso de Alan Jara, un hombre que sobrevivió a un secuestro de nueve años de las FARC en Colombia, gracias a que explica “aprendió a vivir, dentro del cautiverio, creando una estrategia de vida”. Ésta consistió en crear una escuela, donde aprendían idiomas, como ruso o inglés, geografía, política y otras materias. “El dolor es el mismo, independientemente de quien cometa el acto” y por ese motivo “no importa si es la extrema derecha o la extrema izquierda”.
Jara recuerda que logró superar “las enfermedades de la selva, porque las condiciones eran extremas” y aunque el fue liberado, recuerda que “allá en la selva hay todavía 22 colombianos, policías y militares que tienen una cadena al cuello y que están encadenado a un árbol durante la noche”. Por ese motivo, afirma que la sociedad no puede olvidarles.
“Ante el odio, el amor por la vida”
Giorgio Bazzega y Jacob Kimchy perdieron a su padre en un acto terrorista ocurrido en Italia y en Israel, respectivamente. Al padre de Bazzega le hirieron de muerte en un tiroteo y su hijo destaca que las decisiones que tomó su padre ese día salvaron cuatro vidas, entre ellas la suya. Giorgio Bazzega recuerda que cuando su padre se encontraba en medio de un tiroteo con un terrorista de las Brigadas Rojas, en su campo de tiro estaban el hermano y los padres del terrorista, por lo que no le disparó, sino que intentó desarmarle. Sin embargo, el no mereció la compasión de su adversario y falleció.
Este joven italiano asegura que “con su sacrificio salvó cuatro vidas”, porque aunque el confiesa que durante años vivió “en el rencor y en el deseo de venganza”, pero esta situación le estaba destruyendo. Ahora, relata, que entiende lo que hizo su padre y “que ante el odio había que responder no con el odio, sino con el amor por la vida, en el respeto por cualquier vida”.
Kimchy también confiesa haber dejado a un lado el odio, cuando perdió a su familiar en un atentado terrorista en Israel. Aunque aún siente el dolor que sufrió al no poder ver el cuerpo de su padre, porque “no había ningún resto de el, solo algunos trozos de una prótesis que llevaba en una pierna”, ha podido superarlo gracias al apoyo de personas que sufrieron su misma situación.
Por su parte Pam White cuenta cómo el sufrir un atentado en sus propias carnes cambió su vida, cómo se sumió en una depresión que afectó incluso a su trabajo, porque ella es policía retirada de Reino Unido y acudió a una amenaza de bomba en un coche que explotó en Londres. Tres civiles y dos de sus compañeros murieron, mientras que ella sobrevivió, con algunas heridas externas, pero que terminaron cicatrizando. Sin embargo, confiesa que se sentía culpable por haber sobrevivido e insegura para hacer su trabajo.
White no pidió ayuda psicológica en ese momento, por miedo a perder su trabajo. Ahora, detalla que “aunque no ha olvidado”, si ha perdonado, como ella misma explica “de forma egoísta” porque según manifiesta, le ayudó a “olvidarse” de su ira.
Por último, Catherine Vannier, también quiso compartir su historia personal, tan sólo un año después de perder a su hija de 17 años en un atentado en El Cairo.
En su caso, denuncia que se sintieron “desamparados” por parte del Gobierno egipcio y considera que se les quiso “ocultar la verdad”. Ahora, explica que le resulta “muy positivo” estar con personas que han pasado por lo mismo”, ya que supone para ella “un gran apoyo, compartir experiencias más allá de las fronteras y los sentimientos”.