Lo lamentamos.

Aparentemente ha ocurrido un error de conexion.

Por favor refresque la pagina. Gracias.

Gracias.


Menu

Who is Irene

La operación que cambió mi vida

OSEOINTEGRACIÓN. “SURGERY ONE”:

Madrid-Gotemburgo en menos de cinco horas, todo un récord teniendo en cuenta la escala de Copenhague. Además encontramos un taxi sin tener que cruzar esa acera congelada en la que se van resbalando unos tras otros, como si la experiencia anterior no sirviera para el siguiente. A mí sí  me sirvió y en segundos deseé no tener que cruzar la calle con aquella pesada maleta llena de libros, discos, cds, latas (por si acaso la comida de hospital fuera realmente de hospital) y demás entretenimientos de quienes van a pasar unos cuantos largos días entre cuatro paredes.

El viaje hasta el hotel fue precioso. Los verdes parajes suecos que había conocido hacía apenas dos meses se habían tornado blancos. Las maravillosas vistas y la conversación con aquel taxista indio que chapurreaba el inglés aún peor que yo, acortaron el tiempo de forma mágica. La entrada en la ciudad fue de película, porque como ya era de noche estaba completamente iluminada. Hasta el Liceberg me pareció distinto. Miles de lucecitas rodeaban las atracciones y hasta el árbol más llamativo no tenía una veta de su madera que no hubiera sido adornada con una de esas mini luces. Así la imagen de una ciudad dulce y amable nos abrió los brazos.

Este agradable recibimiento fue el presagio de una semana intensa de esfuerzos pero también de recompensas. Así, y en menos tiempo del pensado e incluso menos del deseado, estábamos mi madre y yo en el hotel con las vistas más bonitas de Gotemburgo. Exprimiendo los minutos de las únicas horas de turismo en una de las ciudades nórdicas más bellas del mundo, caímos rendidas.

A la mañana siguiente llegó el momento de demostrar lo que en catorce años había aprendido a hacer sobre dos piernas artificiales. La fisioterapeuta se sorprendió al comprobar que mis marcas eran las de un amputado de una sola pierna. Le dije que llevaba muchos años y, sobre todo, mucho trote. Era normal. Antes de ofrecerse amablemente a trasladarnos al hospital, nos dijo que si queríamos ver a un recién oseointegrado, danés, que se encontraba en la sala contigua. - Of course! - Dije de inmediato. Me quedé impresionada desde el momento que entré. El danés tenía un tornillo perfectamente integrado en su muslo. Sin herida, sin cicatrices. Como si por magia le hubiera crecido una pieza de titanio del fémur. Pues encima sólo llevaba exactamente un mes y 24 días con el tornillo. Aluciné al ver cómo movía aquella prótesis corta de prueba. ¡Era como su pierna! Y lo más alucinante para mí fue que no sentía la más mínima molestia. ¡O sea que de dolor ni hablamos! Aquel fue el último empujón hacia lo que me esperaba al día siguiente. Nunca había tenido nada más claro en mi vida.

Con la pesada maleta, la silla de ruedas y los aparatosos abrigos imprescindibles en esta parte del mundo por estas fechas, recorrimos los pasillos del hospital Sahlgrenska, como lo que éramos. Auténticas extranjeras. Finalmente dimos con el departamento de la planta donde debíamos preguntar y nos acomodamos en una pequeña y acogedora habitación desde la que hoy escribo. Recuerdo aquel día especialmente bonito. Sí, me iban a someter a una complicada operación al día siguiente, pero estaba feliz. Sabía que todo iba a salir de maravilla y eso era lo que importaba, además no dejé de recibir mensajes al móvil de fuerza, ánimo, valor? vamos que estaba bien servidita de todas esas cosas tan necesarias antes de tirarte al pozo.

A media tarde empezó a nevar. La primera nevada del invierno en la ciudad, según dijeron. Una señal más de que todo estaba a mi favor. Esa nieve eterna entre pura y festiva, daba comienzo a una nueva etapa. Era el momento. Había llegado, casi sin pensarlo, como se toman las decisiones importantes de nuestra vida, y sin tiempo para echarme atrás. Llegaba, sin excusas, esa nieve blanca purificando un alentador devenir.

Aquel 28 de noviembre me acosté más pensando en los preciosos copos de nieve que caían tras la ventana, que en que quedaban horas para destaparme el fémur, y con ayuda de parte de mi cadera, colocarme dentro de él un tubo de titanio.

Por la mañana, demasiado temprano como para ser plenamente consciente de ello, tomé la tres duchas que en Suecia exigen a todos los que van a ser operados. Te dan un jabón especial y te piden que seas exhaustivo. Que no dejes una bacteria viva. Después me dieron tres pastillas que saboreé con el agua prohibida desde hacía tantas horas y caí  dormida. Ya en la sala de operaciones me perdí mi parte favorita: el momento en que la anestesia comienza a entrar por la vía y te vas sintiendo invadido por ese estado apacible tan agradable. Porque aquellas pastillas me habían dejado grogui. Sólo recuerdo el momento en que me dieron la vuelta para ponerme la epidural. Sí, la ponen, además de la anestesia total, para que al despertar, el dolor sea menos intenso. Apenas sentí un pinchacito.

Exactamente cuatro horas después, desperté en una UCI en la que el de mi derecha no paraba de respirar sonoramente y la viejecita de enfrente no paraba de hablar, como es lógico en el país en el que me encontraba, ininteligiblemente para mí, lo cual más que entretenerme los dolores, los convirtieron en inoportunos.

El único movimiento permitido en las siguientes veinte horas en aquella sala llamada "de recuperación", era el pestañeo de mis ojos. Tenía tubos por todas partes. Lo que me preguntaba era el por qué de tantas vías. Quizá con dos habría sido suficiente. Una para el suero y otra para medicamentos y/o imprevistos. Pues yo tenía cuatro: dos en cada una de la cara externa de mis manos, una en el antebrazo izquierdo, y otra en la parte superior derecha de mi espalda.

No contentos con tal cantidad de tuberías, tenía aún más avíos. Me salía un tubito de la nariz, no sé con qué finalidad, y otro que, con una especie de pinza antidolor, presionaba una parte de mi lóbulo derecho. Sabía que el de la boca me lo acababan de quitar hacía poquito tiempo porque aún sentía el dolor en la garganta que deja su rastro. También tenía el medidor de la tensión perennemente en mi brazo y cada cierto tiempo se hinchaba automáticamente y registraba mi tensión una máquina.

Me alucina todo lo que ha llegado a hacer la máquina en lugar del hombre. Hasta me iba administrando la cantidad justa de anestesia en la médula espinal según los parámetros indicados.

En esas condiciones, y con la modorra de un cuerpo que ha sido albergue de una gran cantidad de anestesia, sólo me quedaba dormir, pero aquella anciana mujer no dejaba de soltar palabras, que por el tono, no resultaban precisamente agradables. Suerte que la enfermera era un amor. Después descubrí que no es que tuviera suerte, sino que todas las enfermeras y auxiliares del hospital de Gotemburgo, son de una amabilidad y un cariño que reviven hasta al peor enfermito.

Aquella dulce mujer de enormes ojos azules, me dio por primera vez agua, a beber con una pajita. ¡Qué alivio! Era justo lo que necesitaba. Y creía que lo único, pero después vino con otro regalito para mi quizá  aún más valioso. Se quejó en un inglés perfecto de la ancianita y mi sonoro vecino y me dio una radio con forma de almohada pequeña que fue mi salvación.

Aquel fue mi primer contacto con algo de la realidad que más admiro: la música. Sonaba en ese momento una de las baladas de la banda sonora de Grease, película cuya documentación historiográfica me dio una matrícula de honor en segundo de Comunicación Audiovisual. Aquello no restó causalidad al momento. Después vinieron preciosas canciones de Celine Dione, Withney Houston, Maria Carey? y así, entre dulces canciones, fui de nuevo alcanzado ese estado de letargo que aceleraría las horas de la recuperación. De pronto, entre sueños, apareció la preciosa cara de mi madre. Por lo visto, le había costado lo suyo, debido sobre todo a problemas lingüísticos, pero por fin dio conmigo.

Con su ropita de colores, su pelo naranja luminoso y sus ojos de preocupación, había ido preguntando como podía a todo aquel que llevaba una bata blanca, la manera de poder estar un minuto a mi lado. Con el simple gesto de su dedo índice sobre su ojo, preguntaba que si podía verme, a médicos, enfermeras y auxiliares, daba igual el rango. Y como el que la sigue la consigue, allí estaba mi tierna mami frente a mí, cogiéndome la mano en los momentos más duros del proceso. Ya sabiendo con certeza que tendría que pasar allí la noche, y habiendo visto por sus propios ojos que estaba todo lo bien que la operación me permitía, se quedó tranquila. Había podido tocarme, preguntarme, verme. Ya podría dormir.

De nuevo la maravillosa enfermera de la UCI me despertó con la buena nueva de que me subían a la planta. Casi sin enterarme estaba en un enorme ascensor rumbo a la sección 29 de la novena planta. La de ortopedia. Era primera hora de la mañana pero en la habitación 14 ya estaba esperando mi madre, arreglada y guapísima, el momento de encontrarse de nuevo conmigo. Pero el vaivén de la cama por los pasillos del Hospital Sahlgrenska hicieron que el enorme abrazo de recibimiento fuera intercambiado por la espontánea expulsión vía oral de la anestesia que no había terminado de desalojar por vías más apropiadas.

Los días posteriores no fueron tan malos como esperaba. Los dolores, difíciles de eliminar por completo, saben controlarlos muy bien en aquel hospital. Desde calmantes de todo tipo, hasta una máquina que inyectaba directamente en mi médula un líquido que hacía que no sintiera dolores. Y cada día me fueron quitando cosas.

Lo importante era que ya tenía mi fémur relleno de titanio y un trocito menos de cadera. Afortunadamente todo salió mejor de lo esperado y a los pocos días ya estaba volviendo a casa.

Tras este duro, pero afortunadamente no muy largo episodio, descubrí  que la aventura no termina nunca. Que siempre hay cosas por conquistar y metas que alcanzar. Que siempre existe algo que podemos mejorar. Por nosotros, por nuestra familia, por el entorno?

La vida es evolución. Si te paras, pierdes una preciosa oportunidad de mejorar tu vida y de progresar tu mente. La vida es una aventura constante. Por eso nunca he pensado en parar.

Ni siquiera quise quedarme en casa guardando reposo, cuando me quedé  sin pierna por segunda vez. Como aún no me habían quitado los puntos, no podía volver a usar mi prótesis normalmente, así que decidí  orientar mi vida a algún deporte en el que no tuviera que usar las piernas. Una esgrimista paralímpica, me contagió su pasión por la esgrima. Al principio me parecía rarísimo sostener aquella larga y pesada espada. Era algo incongruente conmigo. Toda una vida luchando por enterrar las armas, y de pronto tenía una en la mano.

Pero aquellas clases estaban llenas de dinamismo, diversión y, lo mejor, aniquilaban cualquier atisbo de estrés. Justo lo que necesitaba mientras esperaba a que llegara el momento de volver a Suecia y someterme a la segunda y definitiva operación.

En poco tiempo, nuestro entrenador se percató de que tanto "mi alma gemela" (una guapísima amputada cuyo perfecto caminar siempre quise imitar), como yo, teníamos ciertas dotes que posiblemente nos permitieran participar en unos campeonatos. 

Abierta esta expectativa, ambas nos "pusimos las pilas" y no paramos de entrenar.  Aunque al principio resultase un tanto incómodo llevar aquella dura máscara de hierro, las protecciones y sostener con firmeza la espada, pronto advertí en la esgrima un trabajo de concentración, rapidez y precisión que me gustaba e incluso que enganchaba. Eran pequeñas batallas, que, como en la propia vida, que es una continua lucha, a veces ganabas y a veces perdías. La cuestión era potenciar y dar salida a ese espíritu luchador que todos tenemos dentro.

Como mi entrenador vislumbró, asistí a los Campeonatos de España de 2006 que se celebraron en Asturias. subcampeona en espada. Me ganó  Gema por un tocado. Todo un estímulo en mi reciente vuelta al mundo del deporte. Guardo el trofeo como un tesoro. Pero este año cambié  de deporte. Porque descubrí que había algo que además de deporte, implicaba conocer preciosas montañas nevadas y viajes inolvidables. Me refiero al esquí. Bueno, fue por esto y porque intuí que a mi amiga no le hizo mucha ilusión la nueva competidora que le había salido. Preferí cambiar de deporte y conservar una amiga. 

Justo seis meses después, llegó la segunda parte de lo que hoy se ha convertido, en "lo mejor que he hecho en mi vida". Se acercaba el momento de decir adiós a ese molesto encaje que cada día creaba en mi voluntad cierto desinterés por ponerme a andar.  

VER ENTREVISTA


Copyright 2009. Todos los derechos reservados Irene Villa. AvisoLegal.