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Who is Irene

La operación que cambió mi vida

SEGUNDA OPERACIÓN: EL DIARIO MÁS TRISTE DE MI VIDA.

Recuerdo con absoluta claridad el momento en que me quité la pierna izquierda por última vez. Me despedí de mi encaje con el alma llena. Ya nunca más tendría que volver a usar aquel molesto emplazamiento, en el que tenía que colocarme cada día si quería caminar.

El objetivo de este diario de la segunda intervención de mi oseointegración es no olvidar ese sufrimiento que la mente borra, para valorar lo afortunados que somos cuando no lo sentimos.

Junio de 2006 iba a ser el primer mes de junio en años libre de exámenes.

El primer junio en diez años libre de estreses, agobios, malestares, noches sin dormir, mal genio, discusiones gratuitas? los malos rollos que, en definitiva, traen los nervios de ser examinado tras un año de esfuerzos.

Pues esta vez, no han sido los nervios que todos los años me provocan los exámenes los que han protagonizado este junio, pero, tampoco voy a recordarlo como un mes más. Los motivos han sido muy diferentes. También ha habido noches sin dormir, malestares, incluso llantos? pero este año no han sido los exámenes los causantes.

Junio de 2006, estará marcado de por vida, por el dolor.

Viernes 2. «Salgo del letargo»

Comienzo a ser consciente de lo que pasa a mi alrededor tras cuatro días completamente sedada y sin fuerzas ni siquiera para preguntar cómo ha ido todo. ¡Al fin salgo del letargo en el que he estado sumida desde la operación!

El médico del equipo de Branemark que ha venido a visitarme esta mañana traía un pin del Real Madrid en la bata. Me ha contado que el mes pasado estuvo en Madrid y que volverá. A mi madre le ha faltado tiempo para exclamar: "la próxima vez nos avisas y hacemos de guías"? a cuántas personas habremos enseñado nuestra bella y excitante capital?

Tras romper el hielo y practicar un inglés que cada vez brota con más fluidez, el doctor se dispone a destapar la obra de arte en la que participó hace tan sólo tres días. Antes de quitarme el vendaje y mostrarme por primera vez el aspecto de mi pierna izquierda tras la intervención, me habla del partido que vio en Madrid y de sus hijos pequeños. Disfrutaron de lo lindo en aquel estadio abarrotado. Sonríe cuando descubre la última gasa: «Tiene un aspecto magnífico», dice. Pero no creo que mi cara reflejara la misma satisfacción que la suya. Mi patita ha quedado reducida a la mitad de lo que era y de ella sale ahora un tornillo que puedo mover girando el fémur. Parezco una mujer robocop. ¡Qué sensación más extraña! El muñón ha quedado muy pequeño tras los recortes que le han hecho en quirófano y me pregunto cómo podré ahora caminar con él. Me tranquilizan: Lo importante es el hueso reforzado con titanio, dicen. Hay gente que tiene el muñón incluso más pequeño que el mío y les va bien. Al fin y al cabo lo importante es el hueso, con el que se hace palanca, el resto no me servía. Pero no han tirado todo el "colgajo" sobrante, sino que han hecho una auténtica labor de reconstrucción y colocación de músculos y tendones de la que empezaré a percatarme el día que me quiten la anestesia. De momento, no siento nada, y eso me alegra. Aprovecho para leer y escribir. 

Sábado 3. «Agradezco la compañía»

Por primera vez desde que llegamos a Gotemburgo nos libramos del madrugón. Los fines de semana los médicos no pasan visita. La jornada transcurre entretenida en torno a la pantalla del ordenador. Nos hemos traído todos los capítulos de Aquí no hay quien viva. Por la tarde viene Isabel, una auxiliar que habla castellano de la que nos hicimos amigas en nuestra anterior visita a Suecia, con su rubio novio. Él no habla español y nos entendemos como podemos. Llega también el hijo de Isabel, quien se comunica en portugués. Tantas conversaciones cruzadas en tantos idiomas hacen que acabe mareada, pero agradezco su compañía. Mañana volverán.

Domingo 4. «Felicidades, mami»

¡¡¡¡Felicidades, mami!!!! Es su cumple. Este año lo celebramos en el hospital las dos solas, pero le digo: «¿Recuerdas la de gente que acudió el año pasado a tu cumpleaños?». Más de un millón de personas. Entonces, su onomástica coincidió con la manifestación multitudinaria contra el diálogo con ETA. «Negociación en mi nombre, no» fue el lema. A ese cumpleaños sí que no faltó nadie. Y este año,  aunque no estén, se sienten. Su teléfono y el mío no han parado de sonar. Por el cumpleaños y porque la gente que ha leído el artículo que se publicó la semana pasada narrando la cirugía a la que me he sometido. Todo el mundo me manda su solidaridad y cariño. Mariaje (así llamo a mi madre) advierte que el bote de suero conectado a mi mano derecha lleva tiempo sin dejar caer una gota. La enfermera confirma que el conducto está obstruido. «Una pompita», explica, «dentro de tu vena». Se hace difícil encontrar otra vena donde conectar la vía. Todas son demasiado delgadas. «Me salgo porque me está doliendo a mí más que a ti», dice mi madre. Yo la retengo: «No te vayas, verás como éste es el último intento». Misión cumplida. El suero entra de nuevo en mi cuerpo a través del antebrazo. Llaman sigilosamente a la puerta. ¡Felicidades! Es Isabel con un ramo de raras flores naranjas para mi madre. Preciosas. 

Lunes 5. «Bendita anestesia»

Fuera sonda y fuera epidural. Eso es que los dolores van menguado y pronto me enviarán a casa, pienso. En lugar de la anestesia, me dan pastillas de morfina. Aún así comienzo a sentir un constante y molestísimo dolor en la pierna operada, como si tuviera un desgarro muscular. Ningún painkiller (literalmente «matador de dolor», así llamamos mi madre y yo a los sedantes) puede con las molestias. Al llegar la noche -en el reloj, porque a estas alturas del año el cielo sueco no comienza a oscurecer hasta pasadas las 23:00 horas- el dolor se multiplica. Una inyección de morfina me permite conciliar el sueño  tres horas seguidas. Después, otra. Y otra. Intento aguantar el dolor y dejar poco a poco la morfina porque no me darán el alta mientras siga inyectándomela, pero no puedo. Hasta ahora no he sabido de lo que me estaba librando la epidural... Bendita anestesia. 

Martes 6. «Más morfina»

Hoy es el día nacional de Suecia. Eso explica las banderitas azules y amarillas en los postres de todos los enfermos del hospital Sahlgrenska. Ayer me dijeron que todo iba bien y que me daban el alta el jueves. ¡Qué bien! Verás qué sorpresa el sábado cuando me presente en la concentración convocada por las víctimas del terrorismo. Nadie me espera. Ya he comprado los billetes de regreso a casa. A última hora de la tarde, cuando parecía que por fin podía prescindir de los sedantes, me han tenido que volver pinchar morfina. No aguantaba más. La visita de Isabel, que cada día me alegra con su vitalidad y su gracia, es más corta de lo normal. Sabe que no estoy para nadie. Me dejan sola. He llamado a Eugenio, uno de los primeros españoles que se sometió a esta revolucionaria técnica. Él ha sido mi guía, mi faro, el ejemplo a seguir. Nunca le agradeceré lo suficiente todo lo que me ha ayudado. Sus palabras siempre me dan aliento. No entiende por qué tanto dolor. Él no lo tuvo. La música me ayuda a dormir.  

Miércoles 7. «No puedo ni escribir»

Me han quitado el drenaje. Viene a hacerme la cura el médico más guapo del equipo -ése que mi madre y yo comparamos con Paul Newman cuando era joven- pero  trae malas noticias. No le gusta un punto rojo que ha detectado alrededor del tornillo de titanio. Me aterra que mencione la palabra infección porque ello podría suponer la reamputación. Coge una muestra del tejido sospechoso y se la lleva para analizarla.  El viaje de regreso a España queda suspendido. Sé que el dolor se olvida rápido y a lo mejor me equivoco pero creo que nunca había sentido uno tan intenso como el de hoy. Apenas puedo escribir. Me mareo. Creo que voy a vomitar. 

Jueves 8. «Grito de alegría»

Después de una dura noche de dolor e inyecciones cuyos efectos duran cada vez menos, intento desayunar para echarlo todo diez minutos después. Otro día que promete ser interminable y doloroso. Consigo dormir algo. Viene de nuevo el guapo del equipo. Su cara es mucho más tranquilizadora que la de ayer. El análisis ha dado negativo, no hay infección y el punto rojo que le preocupaba, remite. «Si todo sigue así el lunes vuelves a España», dice. Grito sin poder contenerme. Esta vez de alegría. Aunque el día haya comenzado mal, creo que por fin ha llegado el inicio de mi recuperación. Hacia atrás ni para coger impuso. 

Viernes 9. «Otro día difícil»

Cuando pensaba que ya había pasado lo peor, un dolor nuevo se despierta. Recorre toda la espalda y acaba en mi pierna izquierda. Dicen que es el nervio ciático y que me duele porque he estado mucho tiempo tumbada. De nuevo el efecto de las pastillas de morfina es insuficiente. Y de nuevo viene mi salvación: Elin, la enfermera más dulce de la planta, la que mejor me comprende. Mi amiga sueca llega con la inyección en la mano dispuesta a liberarme de esa constante punzada. Respiro tranquila. Elena, la enfermera chilena en prácticas me ha traído más películas. «Para que se te olvide el dolor», dice. Son todas un amor. Termina otro día muy difícil. Mañana mi alma estará en Madrid.  

10 de junio: otra noche más en que los insoportables dolores me han hecho tener que recurrir a esas inyecciones que, como dijo mi médico, si seguían en mi pauta no me permitirían volver a casa. Por eso cada vez que viene la enfermera con la inyección en la mano tengo sentimientos encontrados. Por un lado pienso que es mi salvación, lo único que por fin hará que descanse y deje de dar vueltas y retorcerme en la cama de dolor. Pero por otro creo que me alejo con ella, además del dolor, de mi vuelta a España. 

Por la mañana me vuelvo fuerte. Es como si recuperara toda esa energía que por la noche me falta, y renuncio a los calmantes. Cuando son casi las 17h, y aquí ya prácticamente ha terminado el día, todos hemos cenado y nos disponemos a terminar un día más. Llamo a la enfermera porque no aguanto más de nuevo ese dolor que recorre mi espalda para terminar focalizándose en la parte posterior de mi pierna izquierda con una intensidad jamás conocida. Acude la que tanto me cuidó  en la operación anterior con una buena noticia: ¿sabes que es el primer calmante del día? No tienes por qué aguantar tanto, pero ¡felicidades!

Estaba aguantando porque a más de dos mil kilómetros de distancia, miles de personas apoyaban en Madrid a todas las víctimas del terrorismo?  desde allí me llegaban por kilos la energía positiva que se desprendía de esa ya histórica concentración.

Empiezo a recibir mensajes de texto en mi móvil. "esto es impresionante, está a rebosar, faltas tu Iri, pero desde aquí te mandamos todos nuestra fuerza para que te recuperes". "Muchos hemos venido en representación tuya y aquí estamos componiendo cifras históricas". "Te echamos de menos, estás en mi corazón y en el de un millón de personas que deseamos que no te duela y que vuelvas pronto". Con estas palabras ¿cómo me voy a rendir? No dejaré de luchar ni un momento contra ese dolor. Hay mucha gente que espera que mejore y vuelva a casa. No les puedo defraudar. Sin embargo, cuesta mantener el tipo.

La enfermera viene con la inyección que todos los días me ponen en la tripa. Es un líquido que evita que la sangre se coagule. Le pido que me deje intentarlo a mí, que de tantas inyecciones como he visto poner ya seré una experta. La amable y cariñosa Brigitta accede y sin pensármelo me clavo la aguja hasta el final y empujo el líquido hasta dejar la jeringuilla vacía. Mi madre no da crédito a lo que acaba de ver y la enfermera exclama: "brave woman!". También me trae los famosos pain killers, a los que estoy empezando a sentirme completamente adicta. Al cabo de un rato, consigo conciliar el sueño. No sin dificultad. Demasiadas emociones y demasiados dolores juntos.

Sólo pido que mañana sea más liviano el dolor, estoy empezando a no tolerarlo tan bien. Estoy empezando a no ser tan "brave" como todos dicen. Nunca pensé que diría esto, pero no quiero volver a pasar un proceso así, pese a lo que me han gustado siempre los hospitales. Pero esta vez el dolor ha superado mi umbral de aguante. Y eso que me consta que está bastante elevado. Quizás cuando pase el tiempo y se me olvide todo este sufrimiento no diré lo mismo, porque nunca me ha dado miedo nada, pero volver a pasar por esto, por primera vez en mi vida, y a modo de confesión, me daría, francamente, mucho miedo.

11 de junio: de nuevo una noche difícil. Tanto que, aunque al principio me negaba, me han tenido que volver a pinchar. Y yo que pensaba que las inyecciones, el método más efectivo contra el dolor pero del que depender supone no curarse nunca, ya lo había superado el jueves?  esto me llena de tristeza porque cada vez veo más lejos mi completa recuperación.

Sé  que me han movido muchas cosas ahí dentro y hasta que se coloquen definitivamente no dejarán de molestar. Pero me preocupa ver que cada día no es mucho mejor que el anterior, como ocurrió en mi primera intervención.

Aquella vez, los días transcurrieron rápidos, también con dolor, pero un dolor bastante bien controlado por los medicamentos. Esta vez no hay calmante que me haya dejado sin dolor una hora seguida. Sólo cuando estoy dormida puedo olvidarme de dónde estoy y de lo que me está  pasando. Solo en sueños encuentro paz, tranquilidad y la felicidad que desde que me desconectaron de la epidural no encuentro despierta.

Esta vez estoy viviendo unos momentos que jamás imaginé encontrar en mi vida. Sí, porque cuando has pasado etapas duras en tu vida, crees que todo lo malo ya pasó, que no va a volver a repetirse. Piensas también que conocer el dolor te ayudará a superar cualquier situación. Sin embargo, las complicaciones vividas en esta nueva intervención que supuestamente es más sencilla que la anterior, y los consecuentes dolores hasta ahora desconocidos me sumergen en un mar de dudas y angustias. Sobre todo porque nadie me explica por qué mi caso ha resultado distinto a los otros casi 100 que se han llevado a cabo.

Imagino la respuesta. Y es que los demás amputados tenían los músculos en su sitio porque no habían perdido la pierna tanto tiempo atrás. Yo, sin embargo, llevo quinde años sin usar esos músculos y, como me dijo el médico, tuvieron que despegarlos del hueso, colocarlos, estirarlos e incluso cortarlos cuando fue necesario. Esto explica que la operación que en principio era de dos horas, se alargara casi otras cuatro horas más. Eso explica también que ni los calmantes más fuertes puedan sofocar estos terribles dolores mezcla de desgarros musculares, calambres, espasmos e incluso dolor de fémur.

Vamos que no estaba yo preparada para esta sorpresa que seguramente ni los médicos esperaban o que quizá prefirieron no advertirme para ahorrarme al menos el sufrimiento anterior a la intervención.

Sea como fuere, yo tenía que pasar por aquí. Aún me pregunto por qué. Pero seguro que habrá respuestas. Ya las encontraré. El caso es que de haberlo sabido me habría traído mi libro "Saber que se puede", es el que más me ayuda en los momentos difíciles.

Aunque afortunadamente tengo la ayuda insustituible e inmejorable de mi madre que no se separa de mí ni un instante. Aunque estos últimos días la he visto sufrir y no lo soporto. Ya ha sufrido mucho. No se lo merece. Por eso intento mostrarme mejor de lo que estoy. Pero a veces es imposible fingir que estoy bien. Mi cara me delata.

Por la mañana el dolor de nuevo es tan intenso que el botecito que siempre me traen con dos o tres pastillas está a rebosar. A ver si aumentando la dosis controlamos un poco más esos espasmos. Pido un yogurt, al menos quiero conservar mi estómago en las mejores condiciones que sea posible. También me traen la jeringuilla de todos los días. Can you do my job?, me dice la enfermera. Of course! Y me dispongo a infiltrar en mi cuerpo el anticoagulante. El dolor que pueda causar esa aguja clavándose en mi abdomen no representa ni siquiera una milésima parte del que sigo sintiendo en el muslo izquierdo, a pesar de las pastillas.

Llega la noche, intento dormir, esta vez cuatro horas seguidas, vamos progresando?

12 de junio: una mañana más temprana que de costumbre vuelve a irrumpir en mi habitación de la 29 del Sahlgrenska con un latigazo desde el fémur izquierdo que recorre todo mi cuerpo. Mi madre insiste en que vuelvan a inyectarme esa sustancia que me deja completamente sedada por tres horas (cada vez sus efectos son menores), pero yo, gimiendo del dolor, digo que tengo que aguantar para que me dejen ir a casa. Hoy es el gran día. Hoy me dicen si puedo volver a casa.

Quedan aún tres horas para que el médico aparezca y nos dé su veredicto. Viene la enfermera. Sólo le hizo falta verme la cara para volver a los dos minutos con la dichosa inyección. En el fondo me alegro. Por fin empiezo a respirar con normalidad, puedo mantener la misma postura sin botar de dolor. Me vuelvo a quedar dormida.

Me despierta el médico. Viene a cambiarme el vendaje y darme la buena nueva. Estoy deseando escucharle. Estoy deseando decir a todos los que desde Madrid me esperan que ya voy. El médico retira todas las vendas y sin miramientos me dice: no está mal, volveré a verlo el jueves. ¿El jueves? Me pregunto para mis adentros? ¡son muchas horas aquí de nuevo! ¡y con este dolor!, está bien, le digo que no me importa estar aquí ya que las enfermeras son maravillosas y me cuidan estupendamente pero que hasta cuándo sufriré  estos terribles dolores musculares. Probablemente dos días más, me dice, pero puedes usar todas las inyecciones que te sean necesarias?  bueno saberlo, ya no tendré que aguantar ese dolor que estaba llegando a mi límite de tolerancia.

La buena noticia es que puedo empezar a ponerme mi pierna derecha y dar paseos por la planta con el andador. Eso es maravilloso. Me va a venir bien en muchos sentidos. La otra buena noticia, yo diría que mejor aún, es el mensaje que he recibido de mi hermana. Me dice: "hermanita, eres la persona más valiente de este mundo, pronto se pasará  este duro momento y serás aún más feliz de lo que eras antes. Te admiro y te quiero mogollón". Digo que esta es una mejor noticia aún porque me llena de ganas de seguir luchando e impide que siga malgastando mi tiempo arrojando lágrimas de forma ilimitada como me ha ocurrido en alguna que otra ocasión.

Cada día recibo muchos de mensajes de ánimo que están constituyendo el mejor estimulador y antidepresivo que cualquier paciente pudiera tener. Nunca podré agradecer lo suficiente a todos esos amigos y familiares que, a pesar de estar a miles de kilómetros, siento como si los tuviera aquí. Percibo su apoyo que llega volando desde España y desde otros muchos países. Hay que tener amigos en todas partes. Ahora puedo corroborarlo. Su apoyo, en momentos como el que estoy atravesando, es impagable.

Me dicen que saldré de ésta más fuerte aún y que tanto dolor tendrá  su recompensa. "Ánimo que cuando tengas tu superpati te reirás de estos días", me escribe una amiga. Ojala sea así. También me dicen que rezan por mi. Que me mandan fuerzas, energía? todo son ánimos y energías positivas que recibo con mucha alegría y mucho agradecimiento.

Todos esos mensajes que recibo desde que llegué a Suecia, me animan tanto que cuando más dolor siento comienzo a leerlos uno a uno. Así  intento pasar el dolor. Así pasa también el tiempo. Así, a veces, consigo conciliar el sueño.

Una de mis compañeras del colegio de monjas que vivió junto a mí  todo el proceso de recuperación tras el atentado que sufrimos en el año 1991, me dice: "anímate que ya queda menos, yo hago como cuando éramos peques, pienso en ti para quitarte un poco de dolor". El mensaje trae a mi mente emociones olvidadas. Recuerdo los cinco meses que pasé  en el hospital Gómez Ulla. No puedo contener los enormes lagrimones que recorren veloces mis mejillas sin previo aviso. Han pasado quince años y de nuevo lloro en la cama de un hospital. Esta vez la decisión ha sido mía. Esta vez, como la de hace quince años, saldré adelante, superaré todos los dolores

Hoy he empezado la terapia de TENS en los músculos de la parte baja de la espalda y el gluteo izquierdo. Creen que el dolor que se asemejaba a un pinzamiento del nervio ciático, es debido a la inflamación de los músculos. El médico me ha reconocido que la parte del nervio que suele dar problemas me la han extirpado. Vamos que han debido hacer tal labor de restauración en mi pequeña pierna que todos estos dolores están cumplidamente justificados.

No sé si es por los TENS, pero ha sido la primera tarde entretenida de las 14 que llevo ingresada. Sin dolores y sin los consecuentes mareos de la morfina. Espero que la terapia siga dando buenos frutos y efectivamente se acerque al fin el día de nuestro regreso a España.

Es la primera noche que me acuesto sin antes haberme metido un chute de eso que me deja completamente relajada y sin dolor. Le he dicho a la enfermera que para un día que el dolor es liviano, prefiero no drogarme.

13 de junio: 5 a.m. Me despierto con tal dolor que no sé ni quién soy ni por qué siento ese terrible malestar. Cuando por fin me ubico, me lamento de no haber tomado nada la noche anterior para relajar mi cuerpo. Lo siento más dolorido que de costumbre. Cuando por fin consigo reaccionar presiono el timbre rojo que tengo sobre mi cabeza y en menos de dos minutos se presenta la enfermera. ¿Qué prefieres inyección o pastillas? Supongo que lo preguntó acorde a ese interés mío de tomar la menor dosis posible de calmantes, pero creo que le bastó ver mi rostro para obtener la respuesta. A los pocos minutos ya estaba inyectándome ese líquido milagroso que disuelve todo malestar en minutos, en una de las pocas zonas que van quedando libres en mi estómago.

Por primera vez no consigo dormir. Intento distraerme con la película que me ha dejado la dulce y amable Elena, una de las 80 mil personas que huyeron de Chile en tiempos de Pinochet y que han encontrado su lugar en este bello y acogedor país. ¡Se trata de "Buscando a Nemo"!, esta vez pienso verla en inglés, con subtítulos en ese mismo idioma porque me he propuesto que este viaje no iba a ser sólo de operación-dolor-recuperación, sino que lo iba a aprovechar para perfeccionar esta imprescindible lengua. Siempre hay que sacar algún provecho de cada experiencia, hasta de las más dolorosas. Aunque a veces no lo parezca, siempre hay algo positivo que llevarse.

Con las dulces expresiones de mi pececillo favorito, al que siento que incluso conocí un día en Filipinas, parece que el dolor se desvanece, sin embargo no siento el efecto de la inyección. Recuerdo más tarde lo que me dijo mi padre: ¿te acuerdas que en el hospital te daban calmantes que en realidad no tenían efectos? Eso ocurría cuando se acababa la pauta del día contra el dolor y yo seguía quejándome. No podían darme más pastillas ni inyecciones. Mi dosis diaria estaba suministrada. Pero para evitar mis llantos me engañaban con algo que no llevaba medicamento alguno y yo quedaba conforme. Me producía ese efecto placebo que origina la mente.

Era pura sugestión. Mi mente creía estar recibiendo un calmante y mi cuerpo se beneficiaba de ello. Un proceso psicosomático bastante efectivo. Pues bien, creo que esta vez no ha colado. Si es que han querido inyectarme algo inocuo, me he dado cuenta.

He estado un buen rato deseando apretar ese botón rojo que, para más INRI, tengo en frente de mi nariz. No deja de tentarme con más fuerzas cada vez. Ansiaba llamar clamando el sedante más potente de la planta. Pero me he contenido bastante tiempo aguantando los dolores porque sé  que no estoy sola en la planta y me consta que tienen mucho trabajo.

Por fin me decido a llamar. Ni las frases hacia mi interior con objeto de controlar el dolor mentalmente, ni las divertidas frases de Nemo, su padre, Dory y el resto de los peces de la película, han funcionado lo suficiente como para no necesitar más calmantes.

Han vuelto a ponerme la bendita inyección. Esta vez el efecto ha sido inmediato. Como si sus efectos se hubieran sumado a los efectos de la anterior. He caído fulminada y ni la visita del médico ha conseguido sacarme por completo de ese profundo estado de relajación y alivio.

Ha sido mi madre la que le ha preguntado acerca de mi estado haciendo enormes esfuerzos por entenderse. Por suerte ha aparecido nuestra querida Elena para ejercer de traductora. En resumen ha dicho que me cambiaban la medicación y que había que esperar. De nuevo no las mejores noticias que uno puede desear. Pero un día más, no tenemos más remedio que conformarnos. Dice también que seguiré con la terapia de los TENS. Me alegro. Creo que es lo que mejor me ha hecho sentir desde que estoy hospitalizada.

He vuelto a llamar a mi padre. Le digo que estoy bien. Mentira piadosa. Pero no quiero contarle nada aún porque él ya sufrió mucho cuando, tras el atentado, lo dejó todo para estar conmigo y tuvo que sobrellevar como buenamente pudo, los avatares de una recuperación larga, complicada y dolorosa, cuando además yo, tan sólo contaba doce años. No quiero que vuelva a pasar por eso. Sobre todo porque sé que esas heridas que tienen ya quince años, siguen sin cicatrizar. Sobre todo porque sé que no podría soportar de nuevo todo este sufrimiento. Cuando cuelgo, pienso que ha sido una suerte que me operaran en Suecia. Así  toda la gente que me quiere no sufre lo que aquí estamos pasando.

Apenas puedo comer. Hace días que no tengo apetito. Pero intento engullir algo antes de vaciar el vasito que me traen tres veces al día repleto de pastillas, en mi estómago. Quiero proteger al menos lo que esté  en mi mano? De nuevo caigo rendida, mejor, porque estar despierta significa pasarlo mal.

El despertar es otra vez francamente desagradable. Siento punzadas en gran parte de mi cuerpo y un intenso dolor constante desde la espalda hasta mi pierna izquierda.

No sé qué aspecto tendré por fuera, apenas puedo quejarme mediante una mirada empapada en lágrimas. Pero la cara de mi madre refleja tal aflicción que asusta. Son ya muchos días y mi estado en lugar de mejorar parece que empeora. Ella no puede más y al ver en el pasillo a uno de los médicos del equipo de Branemark, se lanza hacia él y le pide unos minutos. Una vez más es la encantadora Elena quien se ofrece a traducir del sueco al español.

Lo que el médico dice es que se han activado los receptores del dolor y quizá tarden semanas, incluso meses en calmarse. Me quedo mucho más tranquila, sí señor. Pero ¿por qué? Porque se ha sumado el hecho de que son ya tres veces las que se ha abierto el muñón y el cerebro tiene memoria. También para el dolor. La verdad es que no me quedó nada claro. Para consolarme me dice que cuando empiece a caminar todos esos nervios activados me ayudarán a sentir cada pisada, el tipo de terreno? que tendré casi la misma sensibilidad que con una pierna humana. Muchas gracias, pero no me ha dado ninguna esperanza a corto plazo que es lo que ahora necesito.

El médico se va y nos quedamos las tres con la cara triste y angustiada de antes. A mi madre nunca la había visto así. Me preocupa. Sólo nos queda esperar un milagro que haga desaparecer ese dolor que me acaban de decir que puede durar meses. No estoy dispuesta a eso. Tengo mucho que hacer y no puedo detenerme por ningún dolor.

Llego a pensar algo muy negativo pero que no me puedo quedar dentro. Tengo que desahogarme y, una vez más, con mi pobre madre, que parecía haberlo vivido ya todo. Le suelto: "he tenido que ser muy mala en mi vida anterior". Tanto dolor, es consecuencia de algo. Eso lo aprendí  en La India, las reencarnaciones son las vidas que tienes que pasar pagando los perjuicios que has causado en vidas anteriores. Después pienso que esta teoría no es justa. Y me quedo con otra cosa que también aprendí en el país de la espiritualidad y las especies: en La India se muere para renacer. Eso era lo que iba a hacer, iba a matar esa parte doliente y negativa, para renacer con más fuerza que nunca, como el Ave Fénix.

Casualmente a los pocos minutos aparece el pastor de una iglesia de Gotemburgo. El Pastor Nelson. Le ha enviado mi mejor amiga de este hospital, que cree mucho en Dios y está convencida de que este hombre puede ayudarme. Yo, en el límite del umbral de tolerancia de lo que me está  tocando vivir, encantada de que venga y, si es posible, aleje de mí  todo dolor.

Comienza con unas oraciones. Es brasileño pero habla perfecto español. Dice que no sabía hablarlo pero que Dios le ayuda a que salga de forma fluida.

Cuando dice que Dios está conmigo, que me va a ayudar, que sacará  todo ese malestar, que seré una mujer muy feliz y caminaré  por todas partes, comienzan a salir de mis ojos más lágrimas sin cesar. Es una experiencia única. Mi rostro no se desfigura, pero el torrente de agua salada que brota desde mis lagrimales, es imparable e inagotable. Un nuevo acontecimiento místico hace que vuelva a sentirme afortunada. Por fin un rayo de esperanza. Por fin algo a lo que agarrarme hasta que el dolor desaparezca por completo, o incluso para ocasionar que este continuo sufrimiento, se desvanezca.

Para finalizar me bendice poniendo en mi frente su dedo impregnado de un aceite que trae en su maleta. Dice cosas bonitas acerca de nosotras, de nuestro futuro, de nuestra mejoría. Vuelvo a emocionarme. Vuelven a brotar lágrimas con una fuerza invencible. En realidad el torrente no cesó un instante, pero había aminorado notablemente su potencia. Ahora, volvía con más ímpetu que nunca.

Ojala se cumplan todos sus buenos deseos. Ojala tenga razón este amable pastor. De momento, me ha llenado de paz, me ha traído esperanza y me ha vaciado de todos esos pensamientos malos que estaban invadiendo mi mente de forma cada vez más alarmante. Es como si con todas esas lágrimas derramadas, se hubieran ido las molestias y reflexiones que no dejaban de atormentarme.

Se despide no sin antes invitarme a leer el salmo 23 y el 91 de la Biblia, entre otros. Seguro que lo haré. Me ha dado buenas energías. Me ha dado mucho más que eso. Ahora entiendo con mucha más certeza y claridad, la fuerza de la fe. Me siento mucho más cerca que antes, de todos los que tienen a Dios en su corazón. Es una suerte poder contar con él y confiar en que puede ayudarte. Sobre todo si quieres que se pueda.

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