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Who is Irene

Esqui, mi pasiÓn

Una lección: No importa cuántas veces te caigas sino cuantas te levantes

Aquí os quiero contar el desafortunado incidente que me ocurrió en los campeonatos de Francia 2008, a los que el equipo Santiveri fue invitado.
Allí, en Francia, sólo dos mujeres competían en monoski, y al enterarse que en el país vecino teníamos hasta un equipo formado con siete intrépidas esquiadores en silla, no dudaron en proponernos participar en su campeonato nacional. Por supuesto accedimos de inmediato dispuestas a dejar bien alto el pabellón.

La experiencia fue buenísima, porque conocimos a muchísimos experimentados esquiadores en silla y pudimos comprobar la cantidad de modalidades de monoski que cada uno puede fabricarse individualmente para poder sentarse de la forma más cómoda y efectiva, acorde a su discapacidad. Los había con respaldo, otros eran más cortos para facilitar la angulación que requiere en las curvas, un esquí más radical, había otros con las esquinas rebajadas, de colores, de materiales más o menos ligeros… En esos días, tanto las componentes del equipo, como nuestros técnicos, hicimos un master en material de esquí adaptado.

Una de las reuniones diarias en las que el director técnico, al final de cada día de entrenamiento, analiza la jornada, aclara situaciones, hace propuestas… la hicimos en el ski-room. Es la sala en la que todos los equipos que van a competir reparan y ponen a punto sus esquís para el día de la carrera.
Cómo cada día, nuestros técnicos preparan el material que al día siguiente utilizaremos las corredoras. Allí había esquís de todos los colores, tamaños, especializados en gigante, slalom, polivalentes… y nuestros técnicos procedían a repararlos, encerarlos y sacar aquellos benditos cantos que permiten al corredor alcanzar la mayor velocidad apoyándose tan sólo en el canto, confiando en el esquí y deslizándose sobre él como si fuera parte del propio cuerpo.

Estas reuniones son imprescindibles para crear conciencia de equipo, subir los ánimos cuando el día no ha sido demasiado bueno, y examinar a fondo nuestro rendimiento en pistas. Son infinitamente eficaces en otras muchos aspectos, pero estos son los principales.

El primer día de carrera fue bueno. La nieve estaba en muy buenas condiciones. Tocaba slalom. Mi prueba favorita. Alcanzamos expectativas de grupo pero yo noté, en la segunda manga, un intenso dolor en el brazo izquierdo que me dejó preocupada. Aquella noche no pude dormir. El dolor no remitía, al contrario, se fue agudizando.

A la mañana siguiente tocaba Gigante, ahí lo que cuenta es la velocidad, ceñirse al máximo al palo interior y correr todo lo que sea posible. La nieve también permitía llevar esta prueba a término con éxito y las ganas de demostrar a las francesas lo que valíamos iluminaban nuestros rostros.
El problema llegó en el primer reconocimiento de la mañana. Sin motivo aparente, giré a la izquierda y sentí un intensísimo dolor en el brazo izquierdo que por unos instantes quedó inmóvil. Ni siquiera pude apoyar el estabilo en la nieve para recuperar el equilibrio. Me dio tiempo a hacer un brusco giro a la derecha y seguir bajando con la única ayuda del estabilo derecho y el movimiento del cuerpo.

La mayor tristeza que sentí en ese momento, por encima del intenso dolor que lejos de aminorar, crecía, fue ser consciente, en ese mismo instante, de que no podría competir en aquel trazado que ya era mío. Lo tenía tan claro en mi cabeza, que nada me haría fallar. Pero no pude llegar a demostrarlo. Una grave lesión cervical me lo impidió.

Aquellos avisos no eran como para dejar de esquiar. Estaba en plena competición. No podía abandonar. Sin embargo, la lección está aprendida. Hay que escuchar al cuerpo. Si tú no te paras, lo hace él. Y allí me vi, en aquella preciosa estación nevada, rodeada de deportistas de los que tenía tanto que aprender, y en una ambulancia camino del hospital más cercano. Por suerte había uno a ocho kilómetros, teniendo en cuenta que estábamos en Los Alpes, mi cuello no estaba para muchas más curvas de las que puede haber en ocho kilómetros.

Las radiografías mostraron la lesión rápidamente: pinzamiento en las vértebras C4-C5, con recomendación de hacer una resonancia para descartar una hernia de disco.

De vuelta a la estación nevada, con la medicación prescrita, y un collarín bien apretado, los dolores no desaparecían y cualquier mínimo movimiento, enviaba un severo latigazo desde el brazo a la zona cervical y viceversa.
Esa noche, el director técnico del equipo Santiveri, decidió que la reunión sería en mi habitación. No tenía ni fuerzas ni capacidad siquiera para sentarme en la silla de ruedas, por lo que mis compis y el resto del equipo, invadieron el cuarto, el pasillo, la puerta, y ahí estaba nuestro “animador-psicólogo-entrenador” dando de nuevo, una lección de equipo, en el “lecho de supervivencia” de una lesionada.

Sus palabras una vez más fueron estimuladoras. Consiguieron hasta sacarme una sonrisa en mi peor día de la temporada de esquí. Habló también de la prueba que tocaba a la mañana siguiente, era la combinada y yo, me la iba a perder. Me acosté muy triste.

Agradecí enormemente las atenciones y mimos de todo el equipo. Venían a verme, me traían comida, pero lo cierto es que ni tenía fuerzas para hablar, ni ganas de comer. Así transcurrieron casi dos días de calvario inesperado, que hicieron plantearse al equipo técnico una repatriación.

Un amigable y divertido taxista francés me llevó al aeropuerto más cercano: Turín. Nos caímos bien, pero lo cierto es que hablábamos cada uno en nuestro idioma (él no hablaba una palabra en inglés) y parecíamos entendernos perfectamente. Está claro que no hay nada como querer comunicarse para eludir cualquier barrera comunicativa.

Pese al dolor, aquel hombre y, sobre todo las imponentes montañas nevadas y unos paisajes de película, hicieron de aquellas casi tres horas de trayecto, un deleite para mis ojos y un bálsamo para mi brazo-hombro-cuello, que de vez en cuando, aprovechaban la oportunidad de decir que seguían ahí con un calambre que me dejaba sin respiración.

El taxista se asustaba, “savá” me decía, y yo le hacía el gesto de “ok” que hacemos los buceadores bajo el agua juntando los dedos índice y pulgar y estirando los otros tres. Aquel buen hombre, no se quiso ir del aeropuerto hasta dejarme sentada en una silla de ruedas y con la tarjeta de embarque en la mano. Se comportó como un padre. Se agradece cuando estás lejos de la familia y en un momento de ingrato estado de salud.

Al llegar a Madrid una ambulancia me llevó directamente al hospital donde me pincharon atenuando de forma significativa, aquel incesante dolor agudo.
Una vez más, me vino a la mente la sabia frase: “no importa cuántas veces te caigas, sino cuántas te levantes”. En ese momento, sabía que iba a levantarme, a enfundarme de nuevo en un monoski, y a esquiar todas las pistas del mundo. Había perdido una batalla, pero me quedaba muchas guerras en las que participar.

Finalmente la resonancia anunció que aquel tremendo dolor, no era fruto de un simple pinzamiento. En el informe pone: voluminosa hernia discal cervical C6-C7 izquierda con compresión radicular en el forámen. En una semana me operan de urgencia. La intervención se llama Disectomía cervical por vía anterolateral. Me abrirán por el cuello hasta llegar a las cervicales C6 y C7, me quitarán el disco que lleva días sin dejarme ni siquiera dormir y me pondrán en su lugar una “prótesis total de disco intervertebral, cervical de Bryan”.
Siempre he dado gracias porque aquella bomba no nos afectase a la columna vertebral ni a mi madre ni a mi. Y hoy, pocos días antes de someterme a una intervención en las vértebras cervicales, tengo que reconocer que siento cierta inquietud. Sé que no es nada. Que la recuperación es rápida. Pero pensar en que tienen que pasar por mi garganta, mi medio de vida, para acceder a la cervical seis y siete, me crea una expectación un tanto incómoda.

Me sirven de mucho los ánimos que nuevamente recibo. Me ayudan a superar estos dolores que no creí volver a vivir desde la experiencia de Suecia... Deseo que me operen y desaparezca este calvario...
Deseando retomar el relato en directo de este nuevo inesperado episodio, escribo algo tan positivo como que he superado una nueva operación con un gran éxito. Recuperada en un tiempo récord, no puedo dejar de sonreír y dar gracias. De nuevo un médico, vuelve a salvarme. Ha hecho un trabajo excelente conmigo y el dolor es sólo un recuerdo a punto de extinguirse por completo.

Ahora tengo una cicatriz más para la colección, ésta en el cuello, y más titanio en mi cuerpo. Una vez más, un médico al que desde aquí le mando todo mi cariño y millones de gracias, y el titanio, se convierten en el centro de mi vida. Han sido de nuevo, mi salvación.



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